VISIONES DEL REINADO DE CARLOS II

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Desde su nacimiento, las principales cancillerías europeas especularon con la posibilidad de la muerte prematura de aquel débil personaje. Con todo, llegó a vivir casi treinta y nueva años.

Carlos II ha pasado a la historia con el apelativo de El Hechizado. La idea del hechizamiento aparece por primera vez en tiempo de Valenzuela (valido de cuyos méritos ya hemos hablado en clase), poco después de la mayoría de edad del rey y la propala el grupo de aristócratas encabezados por don Juan José de Austria. En 1692 se sabe que el sastre de la reina fue encarcelado por la Inquisición acusado de coser pesas de plomo en las mangas de un traje
Con cerca de veinte años, conservamos la descripción que hizo de él el nuncio pontificio: El rey es más bien bajo, flaco, no mal formado, feo de rostro; tiene el cuello largo, la cara larga, la barbilla larga y como encorvada hacia arriba; el labio inferior típico de los Austrias; ojos no muy grandes, de color azul turquesa y cutis fino y delicado. Mira con expresión melancólica y un poco asombrada. El cabello es rubio y largo y lo lleva peinado para atrás, de modo que las orejas quedan al descubierto. No se puede enderezar su cuerpo sino cuando camina, a menos de arrimarse a una pared, una mesa u otra cosa. Su cuerpo es tan débil como su mente (...) Se puede hacer con él lo que se desee, pues carece de voluntad propia
En relación a las dos esposas de Carlos II, y en particular a su "obligación" como reinas de proveer a la Monarquía de un heredero, escribe Rosa María Alabrús La reina María Luisa (de Orleans, por lo tanto de origen francés) murió en febrero de 1689 tras la consiguiente frustración por no haber podido conseguir un heredero. La desilusión popular quedaba patente en esta estrofa:
Parid, bella flor de lis
En fortuna tan extraña
Si parís, parís a España
Si no parís, a París.
La nueva reina fue Mariana de Neoburgo, casada con Carlos II en 1689. La reina era una alemana, rubia, que hablaba castellano -lo contrario que la anterior mujer María Luisa, que se comunicaba con el rey a través de Villars.
Como epílogo al tema, de nuevo acudamos al propio Domínguez Ortiz ha descrito bien la sensación de hundimiento inmovilista de los hombres del fin del siglo XVII: (...) porque una de las cosas que se deduca del examen de los documentos de la época es que aquellos hombres, más que dirigir los acontecimientos se vieron arrastrados por ellos. Se vivía al día, se trataba de resolver las dificultades del momento aplazando cualquier solución definitiva. Más de una vez, al margen de una consulta en la que se indicaban los daños que produciría una medida determinada, el rey anotaba : Tenéis razón en lo que decís, pero los agobios no permiten hacer otra cosa.

FUENTE: Rosa Mª Alabrús, El reinado de Carlos II, en Historia de España.Siglos XVI y XVII, Ricardo García Cárcel Coord. (Adaptación propia)

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